24 mayo 2012

El dolor de los que somos felices

Cuando duele, respiro.
Cierro mis ojos, y me deleito del ruido exterior, sólo para olvidar que duele.
Y espero a que pase, o quizás espero entender algún día porque simplemente no deja de doler.

La boca se hace chica, la lengua se incomoda en su espacio, quiere salir, cortarse, desaparecer.
Porque duele, sin saber el motivo, duele y ese dolor se expande como una plaga que puedo detener a tiempo, es sólo que el dolor, la molestia me impide respirar con toda la capacidad pulmonar que poseo.

Se convierte en un círculo vicioso, y yo me transformo de un momento a otro en una maniática sin fin.
Por no entender, que va más allá del dolor, de la incomodidad, de la poca perfección del cuerpo y la relación directa entre este malestar y mis pensamientos. Nada ni nadie se ha dado el tiempo de explicarme.

Nadie.

Yo busco por osmosis las explicaciones estúpidas para quedarme tranquila:
"es muscular; no debiera molestar, ya no hay nada dentro; quizás sea el frío, quizás sea la idea de dolor"
Lo único que finalmente comprendo después de todo, es que calmándome un poco, pueden mejorar las cosas.

Y el resto sigue teniendo sus dolores, y yo, como estoy bien y feliz, debo también cumplir con el mío, digamoslo así para no afirmar que estás viviendo BIEN en la vida. Porque también algo te molesta.
¿Será eso en verdad? No puede ser esa estupidez, lo cierto es que desconcentrándome, el dolor se olvida.

... Que no duela, que no duela.

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